Camuflaje social y diagnóstico tardío
Muchas personas adultas llegan a la consulta habiendo construido, sin proponérselo, un repertorio de estrategias para pasar desapercibidas: guiones ensayados para conversaciones, imitación de gestos ajenos, contacto visual sostenido de manera deliberada, contención de movimientos autorregulatorios.
Ese camuflaje funciona, y ese es justamente el problema: explica por qué la infancia pasó sin detección y por qué el costo aparece más tarde, en forma de agotamiento crónico, ansiedad o cuadros anímicos. Está descrito con mayor frecuencia en mujeres, lo que se refleja en la brecha de edad al diagnóstico entre varones y mujeres.
Por qué no se detectó antes
Los criterios diagnósticos cambiaron sustancialmente. Quienes hoy tienen más de treinta años transitaron una infancia en la que el autismo se asociaba casi exclusivamente a la ausencia de lenguaje y a la discapacidad intelectual.
Un buen desarrollo del lenguaje y un rendimiento escolar sólido alcanzaban para descartar la sospecha, incluso cuando las dificultades sociales y sensoriales eran evidentes. Que no se haya detectado en la infancia no es un dato en contra de la evaluación actual: es lo esperable.